Crítica a la condición humana y la importancia de la salud mental
Los perturbados entre lilas tiene muchísimos aspectos interesantes, pero sin duda, el más relevante de todos es la temática que abarca. En la época, muchas obras trataban el tema del existencialismo, la vida, la muerte, la condición humana... Estas cuestiones se reflejaban, sobre todo, en la pintura, en la poesía y también en la novela, hasta que fue llegando poco a poco al teatro por la monotonía que se produjo en este género que, en la época, era de tipo realista, tal y como afirma nuevamente Alba Varona Renuncio (2019): "el teatro de la época, realista, comenzaba a resultar monótono y no ofrecía nada nuevo, ni nuevos dramaturgos ni nuevas obras" (p. 7). Por este motivo, surgió el teatro del absurdo y nos trajo un nuevo ambiente muy filosófico y psicoanalista.
Alejandra Pizarnik nos habla sobre lo absurdo de la vida desde una perspectiva muy deprimente y pesimista, la misma perspectiva que tenía ella de su propia vida, como buena poeta suicida. Como sabemos, plasma a través de los personajes sus pensamientos más oscuros, utilizando un lenguaje poético hermoso, algo muy poco común en las obras de teatro, en las que se suele utilizar un lenguaje entendible para el público y sin muchas metáforas (dependiendo también del tipo de público al que estas se dirigen). Pizarnik, sin embargo, embauca a su audiencia, a sus lectores, con su poesía llevada, esta vez, a la representación, porque esta obra es poesía escenificada, una representación de lo que estaba ocurriendo en lo más profundo de su subconsciente, sus pensamientos y personalidades reflejadas en cada uno de los personajes. La autora nos habla sobre un tema que seguirá siendo relevante hasta que el ser humano se extinga: ¿por qué y para qué estamos vivos?, ¿cuál es el fin de nuestra existencia?, ¿acaso esta tiene algún tipo de sentido?, ¿por qué sufrimos tanto?
Alejandra Pizarnik refleja el cómo una persona que está sumergida en un episodio depresivo ve su existencia, juega constantemente con las sombras y la oscuridad, con la tristeza, pero aún así deja bien claro que quiere seguir viviendo, a pesar de todo: "he vivido entre sombras. Salgo del brazo de las sombras. Me voy porque las sombras me esperan. Seg, no quiero hablar: quiero vivir" (Pizarnik, 1969 [1993]).
Pizarnik, al igual que todas las personas que se suicidan o que piensan en hacerlo, quería vivir y así lo reflejó en su primera y última pieza teatral. No entendía por qué el ser humano sufría tanto, por qué ella sufría tanto. En su época, la salud mental era un tema completamente tabú e, incluso, a ella misma la internaron en un centro psiquiátrico tras su intento de suicidio. En la actualidad, se sigue hablando bastante poco sobre esto, aunque se ha ido avanzando, pero demasiado despacio y se ha vuelto algo muy preocupante, ya que, a medida que pasan los años, la tasa de suicidios no hace más que aumentar, como afirman
Gerardo Moreno, Laura Trujillo, Néstor García y Fernando Tapia (2018) en su artículo “Suicidio y depresión en adolescentes: una revisión de la
literatura”:
La incidencia de suicidios consumados se ha incrementado recientemente. En México durante 1970 fue de 1.1 casos/100.000 habitantes y en el 2007 se reportaron 4.2 defunciones por la misma constante poblacional, con mayor afectación en menores de 20 años. (p. 32).
Además,
cabe destacar que “más del 90% de quienes intentan suicidio presentan un
trastorno psiquiátrico subyacente” (p. 33)
y “El 27% de los intentos de suicidio son debidos a la depresión” (p. 33).
Alejandra Pizarnik nos ha mostrado, no solo con esta pieza teatral, sino con toda su obra en general, la importancia que se le debe dar a la salud mental y ha ayudado a que muchas personas que han tenido pensamientos suicidas o algún tipo de trastorno se sientan identificadas. Su obra ayuda
a sanar y a no experimentar ese inmenso sentimiento de soledad e incomprensión
ante un mundo que lo único que hace es mirar hacia otro lado.
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